Si eres nómada, viajero
de geografías y culturas, y permites que sus vientos rocen e impregnen
tu piel y lleguen hasta la médula de tus huesos.
Si tu patria y tu casa
es el camino y vives sin domiciliarte y así entras en relación
con todas las estaciones de la vida.
Si te sabes buscado,
y sientes que una Presencia brota de tu fondo, inefable, inmaculada.
Si de ti nace una fuente,
como un río, donde todos pueden beber y volverse como tú, viajeros
y nómadas.
Si crees que en el
más extraño de los rostros alguien aguarda calladamente desvelarse,
como un amanecer.
Si en los éxodos cotidianos
sabes que Él está ahí, que tú estás ahí, en las horas
de calma y en el estruendo de la agitación.
Si nada te retiene
y no eres de nadie prisionero.
Si redimes la Navidad
perseguida y encarcelada y amas el llanto de su alumbramiento.
Si descubres que todos
los latidos, el del mar, el de las estrellas, el del fuego, el de la
tierra entera, son tu latido, un único latido.
Si olvidas tu edad,
tu rostro y te dejas absorber hacia adentro.
Si en lugar de inventar
diferencias, te das cuenta de que a la luz de tu mirada se van borrando
las separaciones y todo regresa a su unidad original.
José Fernández Moratiel, O.P.