LA FELICIDAD EN EL HONDÓN DEL ALMA, por Enomiya Lassalle

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Todo el mundo puede llegar a practicar un tipo de meditación en el que no se recoge un “objeto”, “desde fuera”, como agua llevada a la cisterna, sino que se hace brotar la fuente que se encuentra en el fondo de todo corazón humano y de la que constantemente mana agua pura. Para ello hace falta, desde luego, que, llegado el momento, se detenga la propia actividad mental, el pensar, apeándose una y otra vez de ella; cuantas veces se sorprenda uno en esa actitud, tendrá que interrumpirla con perseverancia y sin desfallecer. Para conseguirlo plenamente, hay que atravesar el umbral que abre el acceso a las dimensiones más profundas del alma… Con lo cual se le abre al ser humano el acceso a un tesoro hasta entonces escondido y oculto, como aquel tesoro en el campo del propio corazón del que habla el Evangelio. Este tesoro es verdaderamente inagotable; cuanto más se nutre uno de él, tanto más se acrecienta. Se desarrolla en nosotros una fuerza que es independiente del mundo que nos rodea y de sus constantes cambios.

La verdadera y perdurable felicidad no se encuentra por pura casualidad, ni por mera disposición natural. El hombre sólo llega a poseerla haciendo un esfuerzo serio y constante; y, a fin de cuentas, no puede encontrarla sino en el fondo de su propio corazón, en el más profundo centro del alma, en el hondón, como dicen los místicos. Al llegar allí, no sólo va a encontrar su verdadero yo-mismo, sino también su fondo último; sólo ahí encuentra el ser humano la paz, pues este fondo último es El.

Como dice el maestro Eckhart, en el momento en que el hombre se ha despojado de lo último, se le devuelve todo lo que ha entregado; pero entonces lo posee de una manera totalmente desprendida. El mundo mejoraría de forma más rápida si se enseñara a los hombres el camino hacia la verdadera felicidad, por el que todos pueden andar si ponen de su parte buena voluntad. Cuanto mayor sea el número de personas que lleguen a ser felices desde el fondo de su alma, tanto más feliz se volverá la sociedad en su conjunto y tanto más irá a mejor; de este modo, todos podemos contribuir a la felicidad de la humanidad. Estas personas, como se suele decir, “irradian”; su sola presencia contribuye a la felicidad de los demás; y lo hacen en mucho mayor medida que las palabras de quienes hablan mucho de felicidad, pero no la irradian.

Enomiya Lassalle

Fuente: Casa de Ejercicios San Pablo, Dos Hermanas – Sevilla

Publicado en: Antología, Blog, La práctica